AGUA
Categorías: Terror , Ciencia Ficción , Misterio , Body Horror
Osvaldo lleva meses entrando y saliendo del hospital. Los médicos aún no identifican bien su dolencia; ha asistido muchas veces a tratamientos proctológicos que ya se conoce tanto por dentro como por fuera. Innumerables doctores también le aconsejaban bajar de peso, algo que lo desesperaba, ya que ganaba peso y perdía peso constantemente. Una última vez entró en el hospital. Han sido tantas veces que el periodo donde su pudor dentro de las salas médicas ya no era importante. Su novia lo visitaba continuamente, le llevaba agua, algo que él deseaba, ya que en el lugar donde estaba no le daban lo suficiente. Luego ella preguntaba su estado y qué más podían hacer. Una buena mujer y que cualquiera desearía.
Desde antes de conocerla, su alma sufría en silencio. No podía entender qué pasaba en su interior. Por mucho tiempo fue atlético y delgado, y de un día para otro subió de peso como un pez globo. Quizás un alimento moderno que no manejaba bien, un lugar que visitó y era mugroso, pegándose algún tipo de daño a su sistema inmune. Puede incluso que unirse con otros amores lo metió en apuros.
El daño era silencioso y molesto, pero su barriga se inflamaba sin razón, más incluso si comía lo recomendado por el doctor. Este último ahora lee los resultados de su última hospitalización; solo decían “obesidad mórbida”, con entradas y salidas constantes al servicio, antecedentes de diabetes, aunque no fueron comprobadas en la segunda hospitalización. Los test de sangre no muestran nada relevante, así como el sistema endocrino, que se encuentra funcional. El médico mira a Osvaldo y recomienda que su peso de 120 kilos por lo menos lo baje a 110 kilos. Osvaldo, frustrado, vuelve a su casa y deja de comer del todo. Fue tanta la inanición que entró nuevamente de emergencia. Una vez fue estabilizado, lo enviaron a casa con las mismas instrucciones y que no volviera a hacer ayuno.
Su trabajo lo realizaba en terreno, ya que era asesor técnico en servicios informáticos. Entre cada vez que sufría una crisis dejaba su puesto, pero adoraba estar en ello, ya que salir de la capital le hacía olvidar por tiempos los dolores. Un día llegó por fin el viaje que buscaba: por una semana revisaría una instalación para soporte en el pequeño poblado de Siempre Verde. El lugar estaba lleno de árboles y nevado, con olor fresco y campo, justo como era donde vivía de niño.
En el lugar donde se hospedó estaba en temporada baja, así que la cocina del lugar no estaba en funcionamiento. Lo único que había cerca era un mini market donde solo vendían infusiones, sopas, colados, tortas, pan y sándwich preparados, todo lo necesario para tomar el té. Osvaldo se molesta: no quería volver al hospital y hace años que no consume nada que lo pueda hacer subir de peso. Una vez instalado en la pensión, pregunta al dependiente si hay algún lugar donde pueda comer sano, por último solo ensaladas. El dependiente le informa que el poblado era agricultor, pero en la temporada con hielo no había muchos vegetales en el sector como los que buscaba. Si quería comer ese tipo de alimentos, debía viajar a la ciudad.
El problema es que algo así tomaba cuatro horas ir y venir a la ciudad, algo que no se podía permitir por su trabajo. Osvaldo, ciertamente incómodo, vio que por el momento tenía solo agua y sopas para comer si no quería ganar peso; además, todo eso se elimina rápido. Él quería tomar esto positivamente, aunque todo se volvía en su contra. Pero el agua no era tan mala; él siempre bebe mucha agua y no le incomoda. La sopa también era agua, el té también era agua. Además es una semana que puede pasar si es poco tiempo.
Por la tarde comenzó a alimentarse así mientras visitaba la empresa cercana a donde habitaba. En unos días descubrió cambios impresionantes: bajaba de peso como si fuera mágico. El agua era la solución. Ni médico o medicinas curaron tanto tiempo de mala calidad de vida como los litros y litros de agua.
Contento con sus rápidos avances, llama a su pareja explicando su descubrimiento y lo bien que se siente. Ella escucha en silencio hasta que lo interrumpe diciendo que ella no puede más con ayudar a cuidar su enfermedad; ella necesitaba algo más estable y decide abandonarlo. Menciona que dejó sus cosas en la casa de parientes y cuelga, pero Osvaldo sigue con su vida… Los parientes prontamente lo llaman no para darle el pésame o evitar el tema; lo llaman interrogando, elucubrando traiciones, pensando en terrores de la infidelidad, dejando en claro que su estadía debe ser breve, dichos típicos de una nación rota. Osvaldo habla animado, no toma en cuenta lo sucedido; sus familiares piensan en una depresión por no aceptar su realidad.
La realidad era que ni siquiera tomó en cuenta su separación. Su descubrimiento era lo importante: ¡EL AGUA!. Con ella ya podía ver sus piernas, su estómago se desinflaba sin parar y sus manos se deshinchaban. Decidió aislarse en la pieza de la pensión para seguir con este experimento saludable. Para ello compró todo tipo de infusiones, té, comidas líquidas, nada sólido en cantidades enormes, subió cajas con estos productos en completo ostracismo, finalmente llego una caja que al parece era un hervidor eléctrico. Pagó el mes completo de la pensión (al ser el dueño de su negocio, podía darse ese tipo de licencias).
Volvió a su pieza y no salió más… El mes había pasado lentamente, y más con la temporada de nieve. La gente que era asidua a la pensión y sabía la historia del pasajero que no se iba creían que había muerto, tanto por los malos olores que salían de su pieza (similares a orines) como por el silencio de la habitación. Pero los pagos de los días extras al mes nunca se retrasaron, así que seguía con vida.
Un día el dependiente, ya harto de que ese sector oliera mal y de no poder sacarlo de la pensión, decidió entrar por la fuerza a esa pieza. Cuando llega a la puerta, esta se encuentra abierta un poco. Al interior solo oscuridad; no se ve nada más que la luz de la pantalla de un notebook, que iluminaba la cama. El dependiente, con temor, entra a ese extraño lugar. Estaba todo silencioso, con olores fuertes a orines, todo esto se quebraba con el sonido del estanque en el baño que se rellenaba una y otra vez. Quizás Osvaldo estaba en él. Avanza buscando las cortinas; al encontrarlas, las abre de par en par.
Afuera, un día invernal con nubes casi oscuras que amenazaban con nevar. Al entrar la luz en la habitación, ve que en el notebook transmitía un pódcast de alimentación sana y superación personal. A su lado había una tablet con datos, probablemente de su trabajo. La cama abierta y en la sábana una sustancia amarilla similar al sudor pero más sustanciosa. Encima de esa superficie asquerosa, revistas de salud, frascos con suplementos vitamínicos y unas carpetas con el logo de un hospital; evidente que eran exámenes. El dependiente, por curiosidad, abre la carpeta y al interior había un papel que tenía escrito con plumón: “AGUAAA”. De la nada, en una esquina sombría de la pieza, la voz de Osvaldo, casi tranquila y conciliadora, dice:
— Amigo, yo saldré un poco, así limpia la pieza y cambia las sábanas. No hay problema por el pago. Si gusta, pago un poco más por las molestias; el dinero no es problema. Solo deje que me ponga algo cómodo para salir, por favor.
El dependiente, sorprendido por la voz de Osvaldo (que hacía mucho no escuchaba), accede a su idea. Que pague el doble no es problema, si no algo muy necesario además. A pesar de las sábanas asquerosas, la pieza no tiene daño alguno. La voz de Osvaldo nuevamente se escucha:
— ¿Puede salir, por favor?
El dependiente sale de la habitación rápidamente y se dirige a la recepción, esperando que Osvaldo salga o que algún nuevo pasajero llegue. Las horas pasan y nuevos pasajeros se hospedan, pero no baja aquel gordito simpático que llegó hace un mes. Preocupado, sube a la habitación y no se encuentra. Sus pertenencias las dejó ordenadas encima de una silla con total perfección. Encima de toda esa pila, un sobre que decía: “Perdón por todas las molestias, no volverá a ocurrir”. Al interior, cuatro dólares de alta denominación.
El dependiente, al ver los billetes, sonríe y comienza a limpiar todo el lugar. Al abrir el baño encontró la razón del olor en todo el lugar: botellones de 5 litros para agua, pero en vez de estar llenas del vital liquido, estaban rellenos de orines. Cada una de ellas fechada con los días que ha estado alojado. Incluso las botellas llenan la tina de la pieza. Sin pensarlo, bota el contenido de los envases mientras la aseadora recoge con asco los recipientes vacíos y malolientes. El dependiente termina de limpiar todo y se retira, dejando incluso en la cama una toalla con la forma de una foca. El dinero que dejó lo valía. En un momento se dice que en la pieza se escuchó a Osvaldo gritar: — ¡NOOOO! ¿QUIÉN HIZO ESTE DAÑOOOOO?
Luego un silencio sepulcral.
En la mañana siguiente, muy temprano, el auto de Osvaldo es encendido. El dependiente sale a ver quién está usando el auto; Osvaldo no pagó el día anterior, no quiere que se escape. Avanza hasta el auto, mientras el cielo estaba pasando a claro, indicando que venía el sol. Con ello solo ve al interior una sombra que al dependiente de la pensión dejó intrigado. Ya al lado de la ventanilla, golpea el vidrio.
— Don Osvaldo, me debe el día anterior.
La ventanilla del auto se abre y lanzan unos billetes. El dependiente, ante aquella falta de respeto, mete su cuerpo al interior para golpearlo, pero se desmaya de la impresión. Quizás no era Osvaldo sino un ladrón que lo amenazó con un arma y eso lo impactó. El vehículo partió veloz dejando la pensión atrás. El auto cruzó carreteras de día y de noche, estuvo en atascos enormes, pero su camino es fijo; llegar al hospital en el cual se atendía Osvaldo.
El auto se estaciona veloz en una entrada del estacionamiento al interior del hospital, luego una persona delgada, con un buzo negro y gafas oscuras baja desde el mismo. En el hospital todos lo miran como alguien guapo, quizás alguien de la televisión. La barba y el polerón no dejaban ver bien quién era. Avanza hasta la unidad de proctología y busca al doctor que atendió a Osvaldo, quizás para dar una mala noticia, ya que salió desde la misma pensión donde alojaba Osvaldo puede ser una razón bastante valida consulta con un enfermero y este le indica donde esta la unidad medica.
Abre un puerta de acceso al pabellón de proctología y reconociendo la voz del profesional encuentra la consulta del facultativo (es mas un un modulo de separación que consulta), avanza hasta el interior de la misma. El galeno de inmediato lo saca de la frágil consulta y le llama la atención por la impertinencia. Con una mano lo detiene y pide que espere en los asientos como todos… Luego de un tiempo, el hombre ve salir a la ultima persona, es obesa como Osvaldo. El hombre misterioso entra a la improvisada consulta del doctor, mientras el con hastio profesional lo recibe.
— A ver, dígame: ¿qué es tan importante para que interrumpa mi atención con un paciente? Además, no tiene hora…
El hombre avanza hasta quedar frente al doctor sin decir palabras, mientras el mismo ya harto se pone de pie frente a el.
— Bueno, hombre, diga algo a que viene…
El hombre comienza a retirarse la ropa y dice: — Hola, doctor soy Osvaldo, mire lo bien que me hizo el AGUA.
En el pasillo afuera del sector de proctología se escuchan los gritos de terror tanto del facultativo como del personal presente. Una de las enfermeras abre la puerta de ingreso al sector para poder